Con los años, la mayoría de chicas se convierten en mujeres, pero en realidad los hombres nunca dejan de ser chiquillos. Eso es lo que les envidio, su capacidad de revolcarse entre la necedad y la inmadurez, cosa que siempre me esfuerzo por imitar. Aunque puede resultar tedioso cuando una se lleva constantemente la peor parte.
Somos unos capullos hartos de todo, en un entorno y en una ciudad que odiamos, fingiendo ser el centro del universo, destrozándonos con drogas de mierda para hacer frente a la sensación de que la verdadera vida transcurre en otra parte, conscientes de que lo único que hacemos es alimentar la paranoia y el desencanto, y, pese a ello, somos demasiado apáticos para dejarlo. Porque, por desgracia, no hay nada que tenga suficiente interés como para dejarlo...